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El día que el mundo se paró, días de confinamiento.

Parece que estamos viviendo una historia de ciencia ficción, una de esas sacadas de esos libros que jamás me gustó leer, porque no me parecía interesante nada que no tuviese un fondo histórico…un virus que se escapa de China y en días invade y paraliza el mundo, ese mundo de superpotencias que se creían intocables, invencibles y  que se derrumban ante lo invisible y lo desconocido. Un virus, que ha transformado el orden mundial y que está marcando un antes y un después, porque de lo que si estoy segura es que nada volverá a ser igual.

Vivimos ahora rodeados de calles desiertas, dónde antes vibraba la vida desenfrenada de las personas, del silencio más absoluto, que por momentos asusta y solo se rompe por instantes, porque hemos creado en pocos días el habito de agradecer lo que hacen por nosotros otras personas, a las que les está tocando luchar. Vivimos confinados, entre cuatro paredes, que antes solo pisábamos prácticamente los fines de semana y la histeria colectiva se ha ido apoderando poco a poco de ciertas personas. Nos levantamos desde hace once días, sabiendo que no podemos pisar la calle, salvo para cosas básicas, nuestra vida de prisas, se ha reducido para muchos, en vivir y convivir con esa familia, a la que apenas veíamos y tenemos a aprender a disfrutarla, a disfrutar de ese tiempo que ahora parece que no camina en ese  reloj que antes volaba.

Pero pese a la situación actual, de días que parecen que se repiten, me gusta mantener mi rutina, ese primer café de la mañana que inunda de olor la casa mientras los demás duermen, disfrutar de ese momento que es mío, ahora y siempre, en el que convivo con mis pensamientos y las primera luz que entra por la ventana de mi cocina, y me preparo como si fuese a salir como en semanas pasadas, pero esas sirenas y altavoces que indican que estamos en estado de alarma, me hacen volver a la realidad que vivimos hoy. Entonces por un segundo recuerdo aquellas historias que contaba mi abuelo de su infancia, de lo duro que fueron los tiempo de guerra y de postguerra, y pienso, si ellos fueron lo suficientemente fuertes para soportar esa situación durante años, nosotros también seremos capaces, porque además tenemos algo de lo que ellos carecían…comida.

Ahora aumentan las llamadas, las videollamadas, que nos permiten estar cerca de aquellos que siempre lo han estado, pero que por algún motivo no le dábamos la suficiente importancia… creo que estamos aprendiendo cosas importantes después de todo…hablamos de los sentimientos y emociones que esta situación genera en cada uno de nosotros, de las cosas que nos preocupan, y me doy cuenta de lo frágiles que somos, porque el miedo a lo desconocido nos vuelve vulnerables .

Pero mi optimismo y pese a todo lo que intento no escuchar y ver,  me hace pensar que todo pasará , y que el mundo volverá a girar, y esas vueltas me llevaran a sentarme frente a ti y un café, que le daré a mis padres esos abrazos que jamás les he dado y a mi hermanos les diré lo mucho que los quiero, porque aunque ahora parece que el mundo no gira, mi corazón no deja de latir , de moverse y de sentir que necesito de ustedes cada día y de ese aire que parece que ahora no podemos respirar. (Cande)

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